En medio de sollosos se desata una tormenta. Ya sabía que algún día sucedería, tenía la completa seguridad de ello, pero por alguna razón desconocida su llegada fue sorpresiva y convulsiva. Su accionar fue similar al de la muerte, esperada pero siempre intempestiva.

Todo en silencio, nada queda por decir luego de esa frase mortuoria. Cuestionar es como pedir explicaciones a la muerte -inutil-, sus respuestas totalmente insatisfactorias.

Los simulacros para este momento fueron en vano, pues llegó como una gran ola, arrasando todo a su paso. Un par de corazones acelerados, un sólo sentimiento incómodo sumido en la tristeza.

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El cuerpo entra en una gran pesadumbre y cada paso se desea el último para aliviar el dolor que se lleva a cuestas.

Una llave. Una puerta. Otra puerta. Un cuarto de baño. Un espejo. Un reflejo sus gestos peor que un condenado. Se emborrona la cara.

Y al mirar el espejo reconozco esa cara. Sí, alguna vez fue la mía.

PENUMBRA

Penumbra, me sorprendes con tu llegar, y es que entre más oscura te haces, más miedo me causas. Hoy que me siento una extensión de ti, me hago sombra de la oscuridad, me pierdo en la nada. Sufro y me doy cuenta de que existo, que soy, pero fuera de ti. Comienza un vago dolor de no pertenecer a nada, de ser algo que ni la oscuridad abarca. Y me siento Sólo, completamente sólo como un argonauta a la deriva, se va constriñendo mi maltrecho corazón al percatarse de la impertinencia de no estar contigo a cada instante, de no poder desvanecerme en tu infinita negrura.